EL TRAUMA GENERACIONAL NO EXISTE
Hay personas que llegan a discursos como el del “trauma generacional” buscando algo muy concreto: una explicación que alivie el sufrimiento. Y no es frivolidad, ni ignorancia: es necesidad de darle sentido a una historia muy dolorosa.
Cuando una relación con una madre, un padre o una familia ha sido difícil, confusa o dolorosa, es lógico intentar entender qué pasó. Y cuando las explicaciones habituales no bastan, aparecen otras que prometen ir más atrás, más profundo, más lejos: los ancestros, el linaje, la herencia invisible.
He visto esto de cerca, también fuera de consulta. Personas inteligentes, sensibles, con una inquietud genuina por entenderse mejor, acaban atrapadas en relatos que parece que lo explican todo… pero no ayudan a cambiar nada. Relatos que convierten la historia familiar en una especie de destino y el malestar actual en una herencia inevitable.
El problema no es hacerse preguntas sobre el pasado. El problema es qué respuestas aceptamos como válidas.
En los últimos años se ha popularizado la idea de que el trauma se transmite de generación en generación a través de los genes. Que llevamos el dolor de nuestros antepasados escrito en el ADN. Que repetimos patrones porque hay algo “no resuelto” en el sistema familiar que debemos «sanar».
Estas ideas suelen apoyarse en palabras que suenan científicas —epigenética, memoria celular, herencia— y se presentan como verdades incuestionables. Pero cuando uno se asoma con calma a lo que dice realmente la investigación, el panorama es bastante distinto.
Esta entrada de blog no niega el sufrimiento de los hijos de personas traumatizadas. Eso sería absurdo y clínicamente irresponsable.
Lo que cuestiona es la explicación simplista y pseudocientífica que atribuye ese sufrimiento a una herencia genética del trauma, cuando los mecanismos que conocemos y podemos intervenir son otros. Y entender esa diferencia no es un debate teórico.Tiene consecuencias muy reales sobre cómo las personas se ven a sí mismas, sobre la agencia que sienten tener y sobre el tipo de ayuda que buscan.
De eso va lo que vas a leer a continuación.
¿QUÉ SE ENTIENDE HOY POR TRAUMA GENERACIONAL?
Cuando se habla de trauma generacional o trauma transgeneracional no se está hablando de un concepto clínico bien delimitado, sino de un conjunto difuso de ideas que se han popularizado mucho en los últimos años.
En términos generales, este discurso sostiene que el sufrimiento psicológico —ansiedad, depresión, dificultades vinculares, bloqueos vitales— puede transmitirse de una generación a otra como si fuera una herencia biológica. No solo en forma de influencia emocional o educativa, sino literalmente inscrito en los genes.
Según esta narrativa, no solo vivimos las consecuencias de lo que nos ocurrió a nosotras, sino también de lo que vivieron nuestros padres, abuelos o bisabuelos. Guerras, exilios, abusos, pérdidas no elaboradas… todo eso habría quedado “marcado” en el ADN y se manifestaría generaciones después en forma de malestar psicológico.
Este planteamiento suele ir acompañado de ideas como:
que repetimos patrones familiares porque existe una deuda invisible con el sistema familiar.
que ciertos síntomas no tienen origen en la biografía personal, sino en la historia ancestral.
que para poder cambiar es necesario «sanar el linaje» o reparar algo ocurrido mucho antes de nacer.
El problema no es solo que estas afirmaciones no estén bien definidas, sino que además mezclan niveles distintos: biología, aprendizaje, cultura, simbolismo y espiritualidad aparecen confundidos bajo un mismo paraguas explicativo.
En la práctica, el término trauma generacional se utiliza como un cajón de sastre. Sirve para explicar casi cualquier cosa y, precisamente por eso, deja de ser útil desde un punto de vista clínico. No establece mecanismos claros, no permite hacer predicciones y tampoco orienta de forma precisa la intervención.
A menudo se presenta como un concepto avalado por la ciencia, cuando en realidad no existe consenso científico sobre su definición ni sobre los mecanismos que supuestamente lo sostendrían. La herencia epigenética entre generaciones se ha observado en algunos organismos simples. En mamíferos, y especialmente en humanos, no se ha podido demostrar de forma clara. Entre otras cosas, porque durante la formación de óvulos y espermatozoides la mayor parte de esas marcas biológicas se borran, y porque es muy difícil separar lo biológico de todo lo que se aprende y se vive en una familia. Lo que existe son datos sólidos sobre el impacto del trauma parental en la descendencia (algo muy distinto) y una hipótesis todavía no demostrada sobre posibles mecanismos epigenéticos en humanos, que más adelante te explicaré con detalle.
Pero antes de entrar en eso, conviene dejar algo claro: que una explicación sea popular, intuitiva o emocionalmente convincente no la convierte en correcta. Y cuando hablamos de salud mental, confundir una metáfora potente con un mecanismo real tiene consecuencias.
En los siguientes apartados voy a intentar separar con cuidado tres cosas que suelen aparecer mezcladas:
lo que sí está demostrado
lo que todavía está en investigación
y lo que directamente no tiene respaldo científico
Porque solo desde esa distinción es posible entender qué está pasando… y qué sí se puede cambiar.
LO QUE SÍ ESTÁ DEMOSTRADO CIENTÍFICAMENTE Y POR QUÉ IMPORTA EN CONSULTA
En terapia trabajamos con lo que se puede observar y cambiar, no con relatos que dejan a la persona atrapada en su pasado (incluso antes de nacer). Necesitamos entender qué está pasando ahora, cómo aprendió esa persona a relacionarse con el malestar y qué mantiene hoy ese sufrimiento. Trabajamos con conductas, con aprendizajes y con contextos, porque eso es lo que se puede observar, comprender y cambiar.
Desde ahí conviene aclarar algo básico: que dos cosas estén relacionadas no significa que una cause la otra. En investigación, el trauma de los padres aparece asociado a más dificultades en algunos hijos, pero eso no implica una transmisión directa ni automática. Se habla de mayor probabilidad en ciertos contextos, no de una relación causa-efecto simple.
CUANDO LOS PADRES HAN VIVIDO TRAUMAS GRAVES, PUEDEN APARECER MÁS DIFICULTADES PSICOLÓGICAS EN ALGUNOS HIJOS E HIJAS.
La investigación científica ha observado que, en determinados contextos de trauma extremo, los hijos e hijas de personas que han vivido experiencias muy graves pueden presentar más dificultades psicológicas que otros niños y niñas sin ese antecedente familiar.
Esto se ha estudiado, por ejemplo, en descendientes de supervivientes del Holocausto, de guerras o de violencia masiva. En estos grupos se han encontrado, de media, niveles más altos de síntomas de ansiedad, estrés o depresión en comparación con grupos control (Yehuda et al., 2001; Yehuda & Lehrner, 2018; van IJzendoorn et al., 2019).
Aquí conviene subrayar dos cosas importantes: La primera es que no ocurre en todos los casos. Muchos hijos de personas traumatizadas no desarrollan problemas psicológicos y llevan vidas perfectamente ajustadas. Los propios estudios muestran resultados muy variables. Y la segunda, que lo que se observa es una asociación, no una causa directa. Es decir, el trauma de los padres aparece relacionado con más dificultades en algunos hijos, pero eso no significa que el trauma “se transmita” de forma automática ni que explique por sí solo lo que le ocurre a esa persona. De hecho, los mismos autores señalan que estos resultados están muy influidos por otros factores: la salud mental actual de los padres, el clima familiar, el apoyo social, las condiciones de vida o las experiencias posteriores de los propios hijos.
Dicho de forma llana y simple: el trauma parental puede formar parte del contexto en el que crece un niño o una niña, y ese contexto importa. Pero eso no equivale a decir que el trauma se herede ni que determine el futuro psicológico de nadie.
CORRELACIÓN NO IMPLICA CAUSALIDAD
Que dos cosas aparezcan relacionadas no significa que una sea la causa de la otra. Y este es uno de los errores más habituales cuando se habla de trauma “heredado”.
Muchos estudios observan que, en determinados contextos, el trauma vivido por los padres aparece junto a más dificultades psicológicas en algunos hijos. Eso es una correlación. Lo que no demuestra es que el trauma parental sea la causa directa de ese malestar ni que se transmita de forma automática. Y es que entre una cosa y la otra median muchos factores: cómo se vive en esa familia, cómo se gestionan las emociones, el nivel de estrés cotidiano, los recursos disponibles, la salud mental actual de los adultos o las propias experiencias del niño o la niña. Todo eso influye.
Cuando se da el salto de “esto aparece relacionado” a “esto se transmite”, se está diciendo más de lo que los datos permiten. Y ese salto es el que convierte una observación científica en una explicación simplista y peligrosa. Entender esta diferencia es clave, porque no es lo mismo pensar que algo te ocurrió por el contexto en el que creciste que creer que viene determinado por algo que llevas dentro y no puedes cambiar.
EL PAPEL DEL ENTORNO FAMILIAR Y RELACIONAL
Cuando se observa una relación entre trauma parental y malestar en algunos hijos, lo que suele estar actuando no es el trauma en sí, sino el entorno en el que ese niño o niña crece.
La investigación lleva décadas mostrando que el clima familiar importa. Mucho. No en términos abstractos, sino en cosas muy concretas: niveles altos de estrés en casa, dificultades para regular las emociones, relaciones imprevisibles, poca sensación de seguridad o escaso apoyo emocional.
Padres y madres que han vivido traumas graves pueden tener —lógicamente— más dificultades para estar disponibles emocionalmente, para proteger, para poner límites claros o para manejar el conflicto sin desbordarse. Eso no siempre ocurre, pero cuando ocurre se nota en el entorno cotidiano. Y los niños no aprenden en un mundo de teorías. Aprenden viviendo ahí, en la experiencia. No porque “absorban” el trauma, sino porque crecen en un contexto donde:
el malestar está muy presente,
las emociones pueden resultar difíciles de sostener,
o la seguridad relacional no siempre está garantizada.
Este tipo de entornos se asocian con más dificultades emocionales y conductuales en la infancia y la adolescencia, algo bien documentado en la literatura sobre apego, estrés parental y desarrollo emocional por ejemplo: Cicchetti & Toth, 2009; Van der Kolk, 2014; investigaciones sobre ACEs (Adverse Childhood Experiences o Experiencias Adversas de la Infancia).
Lo importante aquí es esto: no estamos hablando de herencias invisibles ni de traumas que “pasan” de una persona a otra, sino de condiciones de vida y de relación que influyen en cómo se desarrolla alguien. Y las condiciones de vida, a diferencia de los genes, pueden cambiar.
APRENDIZAJE Y MODELADO DE FORMAS DE AFRONTAR EL MALESTAR
Gran parte de lo que llamamos “patrones familiares” no se hereda: se aprende.
Las personas aprendemos a manejar el malestar observando qué hacen quienes nos cuidan cuando están tristes, enfadados, asustados o desbordados. No porque nos lo expliquen, sino porque lo vemos una y otra vez. Si en casa el conflicto se evita, se aprende a evitar. Si las emociones se callan, se aprende a callar. Si el malestar se gestiona con explosiones, con silencio o con control, eso es lo que se interioriza.
Esto está bien documentado en la investigación sobre aprendizaje social y desarrollo emocional: los niños tienden a reproducir las estrategias de regulación emocional que observan en sus figuras de referencia (Bandura, 1977; Morris et al., 2007).
Cuando los padres han vivido traumas graves, puede ocurrir (no siempre) que sus recursos para manejar el estrés estén más limitados. Y eso influye en lo que se modela: no porque falte amor, sino porque no siempre se tienen otras herramientas. Aquí no hay nada misterioso ni inconsciente colectivo. Hay aprendizaje por repetición en un contexto concreto. Y la buena noticia es obvia: lo que se aprende se puede desaprender, y se pueden aprender otras formas de relacionarse con el malestar que no dependan de lo que se vio en casa.
ESTRÉS PRENATAL Y AMBIENTE UTERINO (EXPOSICIÓN, NO HERENCIA)
Otro aspecto que suele confundirse cuando se habla de trauma “heredado” es el del embarazo. La investigación sí ha mostrado que niveles elevados y sostenidos de estrés en la madre durante la gestación pueden influir en el desarrollo del feto. Se han observado asociaciones con cambios en sistemas implicados en la respuesta al estrés y en la regulación emocional del bebé (Glover, 2011; Van den Bergh et al., 2017).
Esto es importante, pero conviene decirlo bien. Aquí no estamos hablando de herencia, ni de que el trauma “pase” a la siguiente generación. Estamos hablando de exposición directa: el feto se desarrolla dentro de un organismo que está atravesando un estado de estrés fisiológico prolongado. Eso forma parte del entorno temprano, igual que lo será después el ambiente familiar. No hay ningún misterio biológico en esto, ni ninguna transmisión transgeneracional. Es comparable a otros factores prenatales conocidos: nutrición, consumo de sustancias o enfermedades durante el embarazo.
Además, estos efectos no son deterministas. No todos los embarazos con estrés elevado derivan en dificultades posteriores, y el desarrollo del niño sigue estando muy influido por lo que ocurra después: el cuidado recibido, la estabilidad del entorno y las experiencias de vida posteriores.
Confundir exposición prenatal con herencia genética es uno de los errores más habituales en los discursos pseudocientíficos sobre trauma, y uno de los más dañinos, porque vuelve a presentar como inevitable algo que no lo es.
EL PESO DEL CONTEXTO SOCIOECONÓMICO Y LAS CONDICIONES DE VIDA
Cuando se habla de trauma entre generaciones, a menudo se pasa por alto algo fundamental: las condiciones materiales en las que se vive.
Pobreza persistente, precariedad laboral, vivienda inestable, discriminación, violencia comunitaria o falta de acceso a recursos sanitarios y educativos influyen de forma directa en la salud mental. No como factores abstractos, sino en el día a día: más estrés, menos margen de maniobra y menos oportunidades para aprender otras formas de afrontar las dificultades.
Esto está bien documentado en la investigación en salud pública y psicología del desarrollo: los contextos de desventaja sostenida se asocian con más problemas emocionales y conductuales, tanto en adultos como en niños (por ejemplo, Evans & Kim, 2013; Felitti et al., estudios sobre ACEs).
En muchas familias donde se habla de “trauma generacional”, lo que se repite no es un trauma heredado, sino un contexto que cambia poco: mismas carencias, mismos riesgos, mismas limitaciones. Y eso tiene efectos acumulativos. Atribuir estos efectos a la biología o a una supuesta herencia traumática es una forma cómoda de no mirar lo obvio: que las condiciones de vida importan, y mucho. Y que cambiar el contexto —cuando es posible— tiene un impacto real sobre el bienestar psicológico.
De nuevo, no hay nada místico aquí. Hay desigualdad, estrés crónico y falta de recursos. Y eso, por sí solo, explica mucho más de lo que se suele admitir.
EPIGENÉTICA: QUÉ SE INVESTIGA, QUÉ NO ESTÁ DEMOSTRADO Y DÓNDE SE EXAGERA
La epigenética se ha convertido en la palabra comodín para justificar casi cualquier afirmación sobre trauma “heredado”. Y aquí conviene ir con mucho cuidado, porque hay investigación real, pero también mucha simplificación interesada.
La epigenética estudia cómo ciertos factores del entorno pueden influir en cómo se expresan los genes, sin cambiar el ADN en sí. En pocas palabras: los genes no cambian, pero su actividad puede variar en función de experiencias como el estrés, la alimentación o el ambiente.
Hasta aquí, todo correcto.
El problema empieza cuando este campo (todavía joven y lleno de incógnitas) se utiliza para afirmar que los efectos del trauma se transmiten de forma estable de una generación a otra en humanos. Y eso, a día de hoy, no está demostrado.
Lo que sí se ha observado
Algunos estudios en humanos han encontrado asociaciones entre experiencias traumáticas y ciertos cambios epigenéticos en personas que han vivido ese trauma (Yehuda et al., 2016; Yehuda & Lehrner, 2018). Estos trabajos son interesantes y abren líneas de investigación relevantes, pero los propios autores insisten en que:
los tamaños muestrales suelen ser pequeños.
los efectos son difíciles de aislar.
y no se puede separar con claridad lo biológico de lo social y lo relacional.
Es decir: se observan correlaciones, no mecanismos claros de transmisión.
El gran límite en humanos
En humanos, la mayoría de las marcas epigenéticas se “resetean” durante la formación del embrión. Por eso, demostrar una transmisión epigenética estable entre generaciones es extremadamente complejo, y no se ha logrado de forma concluyente (Greally, 2018; Bohacek & Mansuy, 2015). A día de hoy, no existe consenso científico que permita afirmar que el trauma se hereda epigenéticamente en humanos de forma generalizada.
¿Y los estudios con animales?
Los resultados más llamativos sobre herencia epigenética del trauma proceden de estudios con ratones, donde se pueden controlar variables de forma muy precisa y en los que se ha visto que ciertas experiencias de los padres pueden hacer que las crías reaccionen más intensamente a algunos estímulos (Dias & Ressler, 2014), pero eso no significa que los ratones “hereden” un miedo como emoción. Lo que parece transmitirse es una mayor sensibilidad, y aún no se sabe bien cómo ocurre a nivel biológico. Estos estudios son valiosos para generar hipótesis, pero no se pueden extrapolar directamente a humanos. El propio campo es muy claro en esto: ratones no son personas, ni biológica ni socialmente.
En los últimos años se está investigando si cierta información biológica puede pasar de padres a hijos a través del esperma. Es una línea interesante, pero a día de hoy no permite decir que explique el trauma psicológico entre generaciones ni que tenga consecuencias claras en la práctica clínica.
Dónde se produce la exageración
El salto problemático ocurre cuando se pasa de: “se está investigando si ciertos cambios epigenéticos podrían tener algún papel” a: “el trauma se hereda y queda marcado en tu ADN”. Ese salto no lo da la ciencia, pero sí lo dan algunos discursos divulgativos, mediáticos y pseudoterapéuticos. Y es ahí donde la epigenética deja de ser una línea de investigación prometedora para convertirse en un argumento de autoridad mal utilizado.
La epigenética no demuestra que carguemos con el trauma de nuestros antepasados. Lo que muestra, como mucho, es que las experiencias influyen en los organismos. Algo que ya sabíamos sin necesidad de convertirlo en herencia biológica. Confundir investigación en curso con certezas cerradas no es un error menor: es lo que abre la puerta a explicaciones simplistas y a intervenciones sin base (pseudoterapias).
CÓMO ESTA CONFUSIÓN ALIMENTA PSEUDOTERAPIAS QUE HACEN DAÑO
Cuando conceptos científicos complejos se explican mal o se exageran, no se quedan en un error teórico. Se convierten en terreno fértil para discursos pseudoterapéuticos que prometen sentido, alivio y soluciones rápidas sin base real. La idea de que el trauma se “hereda” encaja muy bien con este tipo de propuestas, porque ofrece:
una explicación total (“todo viene de antes”),
una causa difícil de cuestionar,
y una solución difusa que no exige cambios concretos en el presente.
CONSTELACIONES FAMILIARES
Las constelaciones familiares, desarrolladas por Bert Hellinger, parten de la idea de que los problemas psicológicos se deben a desórdenes en el sistema familiar que se transmiten entre generaciones. Conceptos como lealtades invisibles, órdenes del amor o dinámicas sistémicas heredadas no tienen respaldo empírico, no son medibles ni permiten establecer mecanismos claros. No existen ensayos clínicos bien diseñados que avalen su eficacia, y distintas asociaciones profesionales han advertido de sus riesgos.
Además, estas prácticas tienden a:
simplificar problemas complejos,
culpabilizar a las personas (especialmente a las mujeres),
y justificar situaciones de abuso o violencia como “necesarias para el equilibrio del sistema”.
BIONEUROEMOCIÓN Y DISCURSOS SIMILARES
Otras corrientes, como la bioneuroemoción o biodescodificación emocional, van un paso más allá y afirman que enfermedades físicas o trastornos psicológicos tienen su origen en traumas heredados de generaciones anteriores.
Frases como: “Estás cargando con una memoria emocional que no te pertenece”, “El cuerpo guarda memorias que la mente no recuerda” o “Hay algo en tu linaje que no pudo ser vivido y ahora se manifiesta en ti”, no están respaldadas por ninguna evidencia científica. Utilizan términos de la biología y la psicología fuera de contexto para dar apariencia de rigor a explicaciones que no se pueden contrastar.
El problema no es solo que estas prácticas carezcan de base científica. Es que desplazan la atención del presente: de lo que la persona vive hoy, de lo que hace, de lo que evita, de las condiciones reales de su entorno.
Cuando el malestar se explica como algo heredado e invisible:
se reduce la sensación de capacidad de cambio,
se alarga la búsqueda de causas en lugar de trabajar sobre lo que mantiene el problema,
y se normaliza la idea de que hay que “arreglar” el pasado para poder vivir mejor ahora.
La Psicología no funciona con explicaciones cerradas ni con relatos que lo expliquen todo de una vez. Cuando se presenta el malestar como algo heredado e inmodificable, se deja de trabajar con la persona y con su presente. Y ahí es donde estas pseudoterapias dejan de ser inofensivas y empiezan a ser un problema real para la salud mental.
EL PAPEL DE LA COBERTURA MEDIÁTICA Y EL HYPE CIENTÍFICO
Buena parte de la confusión alrededor del trauma “heredado” no nace en la consulta, sino en cómo se cuenta la investigación. Estudios complejos, con resultados preliminares y muchas limitaciones, acaban convertidos en titulares simples y llamativos. Vamos, el dichoso “clicbait”. Y donde un artículo científico dice “se observa una asociación que requiere más investigación”, el titular se transforma en “el trauma se hereda”.
Este tipo de simplificación no es inocente. Reduce fenómenos complejos a explicaciones fáciles de consumir, pero también fáciles de malinterpretar. Y cuando esas interpretaciones llegan al terreno de la psicología, se convierten en verdades asumidas que luego cuesta mucho desmontar. El problema no es divulgar ciencia. El problema es vender certezas donde solo hay hipótesis, o convertir líneas de investigación abiertas en relatos cerrados que explican el sufrimiento de forma total.
Ese “hype” científico crea el caldo de cultivo perfecto para que aparezcan discursos terapéuticos que se apropian del lenguaje de la investigación sin respetar sus límites. Y una vez la idea se instala (“esto viene de atrás”, “esto no es tuyo”, “esto está escrito en tu ADN”), puede resultar muy atractiva, aunque no sea correcta. Y lo peor: puede hacer más daño que bien.
SI HAS LLEGADO HASTA AQUÍ ES PARA PONERTE UNA MEDALLA O UN PISO EN PUERTA REAL
Para cerrar, conviene dejar tres ideas claras.
Lo que sí sabemos: El trauma vivido por los padres puede influir en el entorno en el que crecen los hijos. El contexto familiar, relacional y socioeconómico importa. Y mucho.
Lo que no sabemos (todavía): Si existen mecanismos epigenéticos de transmisión transgeneracional del trauma en humanos de forma clara, estable y causal. A día de hoy, eso no está demostrado.
Lo que es falso: Que el trauma se herede genéticamente, que el malestar esté escrito en el ADN o que haya que “sanar el linaje” para poder cambiar.
Desde la psicología, trabajar con el sufrimiento no consiste en buscar causas cada vez más lejanas, sino en entender qué se aprendió, qué se mantiene hoy y qué se puede modificar. Y eso, por mucho que decepcione a los relatos grandilocuentes, sigue siendo mucho más útil que cualquier explicación heredada e imposible de comprobar.